Un monje que llevaba cierto tiempo
junto a Tao U, le dijo un día:
-Desde que estoy aquí,
no he recibido la menor enseñanza acerca del estudio del espíritu.
-Desde que estás aquí
no he cesado de enseñarte cómo se estudia el espíritu -respondió Tao U.
-¿De qué modo,
maestro?
-Cuando me trajiste
una taza de té, ¿Acaso no la acepté?; cuando me serviste la comida, ¿Acaso no
la tomé?; cuando te inclinaste ante mí; ¿Acaso no te devolví el saludo?
Entonces, ¿Cuándo he descuidado tu enseñanza? Si deseas ver mira directamente.
Pero si intentas pensar acerca de tu enseñanza, fallas completamente - manifestó
el maestro.
Antes de irme, quería dejarte dicho algo. Si me quedé de más, fue porque aposté a tus ojos. Yo vi cómo me mirabas y eso me alcanzó para frenar mi vuelo y esperarte. Creí en tu mirada más que en tu boca. Por eso, frené.
Después, las cosas pasaron y nada pasó. Nada cambió. Terminaste siendo parte de un eslabón más de mi cadena de fracasos, de esos que nunca empezaron.
Pensé que con vos, sí. Pero me equivoqué otra vez. Tu mirada no fue honesta. La mía tampoco lo fue.
Me bastaron un par de días para develar el misterio y volver a abrir las alas.
Sí. Uno ve lo que desea que suceda. Los ojos también mienten.
Lorena
Pronsky es una autora argentina nacida en 1976. Se graduó en Psicología
en 2003 en la Universidad Católica de La Plata, su ciudad natal. Su
trayectoria profesional como psicóloga dio comienzo en un Centro
Hospitalario de La Plata, donde atendía a pacientes oncológicos.
Quería gritar. Gritar y decirte que siempre supe que tus demonios jugaban sucio.
Que no ganabas, que me dejaba ganar.
Como una niña pequeña que sabe que no llega al juguete pero no para hasta notar el golpe, esperé el derrumbe.
Necesito que lo sepas: vi tu lado oscuro y, aun así, por un momento, me quise quedar.
Nací en una isla (en 1978) y no sé nadar. He vivido en tres ciudades, nueve
hogares y alguna casa. Me he enamorado una vez. He bajado corriendo de
un tren en llamas y he visto explotar una bomba. No creo en las cosas
que duran para siempre. O sí, no lo sé. Las fresas, con leche
condensada. Cada cierto tiempo necesito cambiar cosas de sitio, ya sean
muebles, personas o toda mi vida. Si no viajo, no puedo respirar. Tengo
incontinencia sentiverbal. Me pierdo en cualquier atardecer, a ser
posible con mar. Prequiero demasiado rápido y desquiero demasiado lento.
No recuerdo la última vez que me dormí pronto. Mido el tiempo en medias
cervezas y no hago planes a más de cerveza y media. Lloro en las
manifestaciones cuando oigo a Labordeta. Te necesito cerca, pero no
encima. Siempre voy con el más débil. No imagino un mundo sin queso, ni
sin chocolate. Casi siempre es mejor dar que recibir, y no estoy
hablando de sexo; no solo de sexo. La reina de mi casa es una gata coja
que no para de ronronear. La empatía debería mover el mundo, no solo el
mío.
Karmelo Iribarren, nacido en San Sebastián el 19 de septiembre de 1959, es un
poeta autodidacta enmarcado en el llamado 'realismo sucio'. Trabajó en diversos
oficios, y finalmente de camarero durante más de veinte años. Ni va a la
universidad ni forma parte de ningún tipo de círculo o conventículo literario.
Durante mucho tiempo no se decide a reunir en un volumen sus primeros versos,
aunque aparecen poemas sueltos en distintos fanzines ya a partir de los últimos
setenta. En 1993, el Ateneo Obrero de Gijón incluye su plaquette Bares y noches
en la colección de poesía Máquina de Sueños, dedicada a difundir la obra
temprana de autores poco conocidos. En 1995 publica su primer libro, La
condición urbana. Serie B y Desde el fondo de la barra, en 1998 y 1999,
confirman que ha encontrado una voz propia. En 2005 aparece su poesía completa
bajo el título Seguro que esta historia te suena ( ), donde compila toda su
producción, reeditada y ampliada en 2012 y 2015.