Rhododendron

Rhododendron
Tsutsuji

02 febrero, 2017

300. Estadísticas al 2/2/2017. 5:50 p.m. (hora Guatemala).

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299. El árbol confundido.

Había una vez, algún lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos.
Todo era alegría en el jardín, excepto por un árbol profundamente triste. El pobre tenía un problema: "No sabía quién era.
"Lo que te falta es concentración", le decía el manzano, "si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas. ¿Ves que fácil es?"

No lo escuches, exigía el rosal. Es más sencillo tener rosas y "¿Ves que bellas son?".

Y el árbol desesperado, intentaba todo lo que le sugerían, y como no lograba ser como los demás, se sentía cada vez más frustrado.
Un día llegó hasta el jardín el búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del árbol, exclamó:

-No te preocupes, tu problema no es tan grave, es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. Yo te daré la solución.
No dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas. Sé tú mismo conócete, y para lograrlo, escucha tu voz interior. Y dicho esto, el búho desapareció.

- ¿Mi voz interior...? ¿Ser yo mismo...? ¿Conocerme...?, se preguntaba el árbol desesperado, cuando de pronto, comprendió. Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz interior diciéndole: -"Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso. Dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros belleza al paisaje...Tienes una misión ¡Cúmplela!".

Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado.

Así, pronto llenó su espacio y fue admirado y respetado por todos. Y sólo entonces el jardín fue completamente feliz.

Yo me pregunto al ver a mi alrededor:

¿Cuántos serán robles que no se permiten a sí mismos crecer?

¿Cuántos serán rosales que por miedo al reto, sólo dan espinas?

¿Cuántos, naranjos que no saben florecer? 

298. El abeto inconforme. Hans Christian Andersen, danés.

Había un abeto, joven y elegante, que vivía infeliz en el bosque. Los niños pensaban que era muy bello y les encantaba jugar con él, pero el abeto sólo pensaba en crecer rápido; quería ser un árbol grande para que lo convirtieran en el mástil de un barco y así recorrer el mundo y visitar muchos países. Después, si se cansaba, le gustaría ser un gigantesco árbol de navidad que lleno de colorido y luces, colocarían en una plaza grandiosa para que todo el mundo lo admirara. Siempre insatisfecho, era incapaz de escuchar las canciones de los pájaros y no lograba disfrutar con las caricias de la brisa, del sol y de la lluvia. Sólo deseaba que lo cortaran y se lo llevaran, para así huir de esa monotonía., ¡Cómo sufría el infeliz cuando veía que se llevaban a otros árboles del bosque, sin duda menos hermosos y esbeltos que él! Por fin, un día, llegó un hombre con un hacha, se fijó en él, asintió con la cabeza, lo cortó y se lo llevó a su casa.

Era navidad y allí lo adornaron con luces y bambalinas, y él se moría de las ganas de que anocheciera para relucir, y luego que fuera de día para que los niños vinieran a recoger sus regalos... Cuando estaba ya fastidiadísimo de esa monotonía de días iguales donde ya nadie alababa su belleza, sintió que un día lo desnudaban de todos los adornos y su corazón empezó a latir de la emoción porque pensaba que lo iban a llevar a conocer otros lugares. Para su tristeza y decepción, lo retiraron de la casa y lo llevaron a un desván. Le costó mucho aceptar que lo habían abandonado y lloraba desconsoladamente de rabia y de impotencia. Unos ratones intentaron consolarlo, le propusieron ser sus amigos y le invitaron a jugar y a divertirse, pero el abeto infeliz pensaba que él había nacido para algo mucho más importante que jugar con unos pobres ratones y vivía en solitario su desencanto. Cuando por fin, alguien entró a buscarlo, pensó que lo iban a plantar de nuevo o que lo llevarían a recorrer el mundo, pero lo picaron en pedazos e hicieron con él leña. “Se acabó, se acabó –pudo quejarse antes de morir- ¡Si me hubiera alegrado cuando aún podía!”.

  
Hans Christian Andersen (Odense2 de abril de 1805 - Copenhague4 de agosto de 1875) fue un escritor y poetadanés.

297. El árbol generoso. Prudencio López Arróniz,

Érase un árbol copudo, denso, fuerte; sobre

todo fuerte frente a la lluvia y los vientos huracanados

que desmelenaban salvajes su frondosa cabellera verde.


Pero el árbol tenía una debilidad: un niño, a

quien amaba más allá de sí mismo. Lo amaba

desde que la madre del recién nacido venía,

casi todos los días, con el bebé en brazos, lo

mecía y lo dormía contándole nanas entrañables,

apoyada en su tronco rugoso, sentada

sobre sus raíces vegetales. El corazón del árbol

creció, casi sin sentirlo, al aire de aquellas delicadas

nanas, haciéndose a la medida del corazón

inmenso de aquella mujer.

Un día, la madre murió; el niño tenía cuatro

años. Y fue precisamente entonces cuando el

corazón de madera del árbol sintió que le maduraban

por dentro las entrañas de la madre muerta.

Amar es tener algo hermoso y querer compartirlo.

Tomó cariño al niño, tanto que cuando le veía

venir, agotaba jubiloso sus ramas y le gritaba:

- Ven, ¿quieres jugar? Vas a ser el rey de la

selva. Toma mis flores y mis hojas, trenza una

corona, colócala en tu cabeza.

Y el niño pasea por los senderos del bosque.

¡Y el árbol fue feliz con la ofrenda de su fronda!

Nadie puede detener la vida. El niño creció,

otras instancias llenaron su corazón. Ya no

quería jugar a ser el rey de la selva; su corazón

quería cosas, cosas, cosas... pero no las tenía,

y su rostro languidecía de tristeza.

- ¿Por qué estás triste? - le preguntó el árbol.

- Porque necesito cosas y no tengo dinero para

comprarlas.

- No sufras por eso. Ven: súbete en mis brazos,

están cargados de manzanas, toma las que

quieras, llévalas al mercado, véndelas y tendrás

el dinero que necesitas.

¡Y el árbol fue feliz con la ofrenda de sus frutos en sazón!

Pasó el tiempo, tiempo de soledad para el árbol;

pero una mañana su corazón volvió a estremecerse

de alegría. El niño de otros tiempos, hombre

ahora, volvió junto a él, eso sí, serio, pensativo:


- ¿Qué te pasa? - le preguntó el árbol -. ¿Por qué estás triste?


- Porque quiero hacerme una casa y no tengo madera.


- No sufras por eso: toma tu hacha y corta mis

ramas más robustas, hazte una casa y sé feliz.

El niño de otros tiempos, hombre ahora, tomó el

hacha y fue segando los brazos henchidos de

savia del árbol. Y se hizo una casa al borde del bosque.

¡Y el árbol fue feliz con la ofrenda de su madera!

Pero el corazón del hombre no se llena con

cosas. Hastiado de vivir en su casita de madera

al borde del bosque, el niño de otros tiempos,

hombre maduro ahora, volvió a internarse en la

maraña de la selva. Cuando el árbol lo divisó a

lo lejos, se estremeció de gozo y le preguntó:

- Te veo de nuevo triste, ¿Qué te pasa, no te ha

llegado la madera?

- Sí, pero estoy aburrido de ver siempre el mismo

paisaje, de oír siempre el eco de mis pasos

resonando sobre la madera. Me han dicho que

lejos, muy lejos, hay mares bellísimos, paisajes

de ensueño, gentes extrañas, y quiero conocerlas...

pero no tengo barca.

- No sufras por eso. Empuña de nuevo el hacha,

tala mi tronco a raíz del suelo y hazte una barca.

Luego, con las pocas ramas que me quedan,

lábrate unos remos y vete a navegar: conocerás

esos mares bellísimos, paisajes de ensueño y

gentes extrañas.

¡Y el árbol fue feliz con la ofrenda de su tronco!

Pasó mucho tiempo, tanto que el viejo árbol

generoso apenas respiraba ya por algunos

retoños verdes. Hasta que un día, empinándose

sobre la hierba, vio que llegaba su antiguo amigo.

Casi no le reconoció: volvía encanecido,

vacilante el paso, envejecido.

- Ven, viejo amigo - invitó el árbol -. Y ahora,

¿qué necesitas?

- Nada, no necesito nada. Estoy cansado de

tanto viajar. Ahora no busco más que un lugar

tranquilo donde sentarme, volver la vista atrás y

reposar.

- Acércate a mí, - replicó el viejo árbol agotado -.

Ven, siéntate en el tronco que cortaste a ras de

tierra: es lo único que puedo ofrecerte... Descansa.

Y el niño de otros tiempos, anciano ahora, se

sentó y descansó.

¡Las raíces del árbol morían alegres con la última

ofrenda de su viejo muñón!



LÓPEZ ARRÓNIZ, Prudencio. “Más allá...”

296. El bosque.

Durante un tiempo fui vecino de un médico cuyo pasatiempo era plantar árboles en el enorme patio de su casa. Desde mi ventana veía cómo día a día los plantaba. Lo que más me llamaba la atención era que no regaba los arbolitos. Tanta era mi curiosidad que fui a preguntarle.

Me dijo que si regaba sus arbolitos, las raíces se acomodarían en la superficie y quedarían siempre esperando el agua que él diariamente les daba. Al no regarlos, éstos tardarían más en crecer, pero sus raíces se verían obligadas a profundizar en la tierra en busca del agua y de los nutrientes que se encuentran en las capas más profundas del suelo.

Así, los árboles tendrían raíces profundas y serían más resistentes.

Al cabo de un tiempo fui a vivir a otro país, cuando después de varios años regresé a mi antigua casa, noté que mi vecino había cumplido su sueño, tenía un hermoso bosque.

De pronto llegó el rigor del invierno y en un día muy ventoso, cuando todos los árboles de la calle estaban arqueados por el viento, pude notar la solidez de los árboles de mi vecino, que casi ni se movían.

Las adversidades por las cuales aquellos árboles habían pasado, al ser privados de agua, les había beneficiado mucho más, que el confort o un trato mucho más delicado.

Todas las noches antes de ir a acostarme doy siempre una mirada a mis hijos. Les observo y veo cómo ellos van creciendo.
La mayoría de las veces, le pido a Dios que sus vidas sean fáciles, para que no sufran las dificultades y agresiones de este mundo, pero, ver el bosque tan firme, me ha llevado a reflexionar.

De ahora en adelante pediré a Dios que mis hijos crezcan con raíces profundas; para que se fortalezcan y puedan enfrentarse a las circunstancias y los sinsabores de la vida.

“Siempre pedimos que las cosas sean fáciles, pero en verdad lo que necesitamos es pedir que en nuestro interior se formen raíces fuertes y profundas; de tal modo, que cuando las tempestades lleguen, sin previo aviso y los vientos helados soplen, seamos capaces de resistir en lugar de ser derrotados y destruidos como lo son los árboles sin raíces profundas” Salmos 1:3

295. El árbol muerto y la paciencia.

Recuerdo que un invierno mi padre necesitaba leña, así que buscó un árbol muerto y lo cortó. Pero luego, en la primavera, vio desolado que al tronco marchito de ese árbol le brotaron renuevos.

Mi padre dijo: "Estaba yo seguro de que ese árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Pero se ve que hacía tanto frío que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora advierto que aún alentaba la vida en aquel tronco".

Y volviéndose hacia mí, me aconsejó: "Nunca olvides esta lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca decisiones importantes decisiones cuando estés en tu peor estado de ánimo. Espera. Sé paciente. La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá".

294. El árbol de los problemas.

La historia de un carpintero que tuvo un día lleno de problemas, pero que al final de la jornada pudo darle una invaluable lección a un granjero, con su "árbol de los problemas"...

Un hombre después de pensarlo se decidió a reparar una vieja casa que tenía en una granja. Entonces, contrató a un carpintero que se encargaría de todos los detalles logísticos de restauración.

Un día decidió ir a la granja, para verificar como iban todos los trabajos. Llegó temprano y se dispuso a colaborar en los quehaceres que realizaba el carpintero. Ese día parecía no ser el mejor para el carpintero. Su cortadora eléctrica se había dañado, haciéndole perder dos horas de trabajo. Después de repararla, un corte de electricidad en el pueblo le hizo perder dos horas más de trabajo. Tratando de recuperar el tiempo, partió dos cierras de su cortadora. Ya finalizando la jornada, el pegamento que disponía no le alcanzaba para mezclar su fórmula secreta de acabado.

Después de un día tan irregular, ya disponiéndose para ir a su casa, el camión se le negaba a arrancar. Por supuesto, el dueño de la granja se ofreció a llevarlo. Mientras recorrían los hermosos paisajes de la granja, él iba en silencio meditando. Parecía un poco molesto por los desaires que el día le había jugado.

Después de treinta minutos de recorrido llegaron a la casa del carpintero, y de sorpresa lo invitó para que conociera a su familia. Mientras se dirigían a la puerta, el carpintero se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, de color verde intenso y por demás hermoso. Tocó varias ramas con sus manos, mientras admiraba sus preciosas hojas.

Cuando abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas y alegría. Sus hijos se lanzaron sobre él, dando vueltas en la sala. Le dio un beso a su esposa y lo presentó. Le invitó un refresco y una suculenta empanada. Ya despidiéndose, lo acompañó hasta el auto.

Cuando pasaron nuevamente cerca del árbol, la curiosidad fue grande y le preguntó acerca de lo que había visto hacer un rato antes. Le recordó su conducta con el árbol.

¡Oh!, ese es mi árbol de los problemas, contestó.

Y luego procedió a explicar y dijo: sé que no puedo evitar tener dificultades en mi trabajo, percances y alteraciones en mi estado de ánimo. Pero una cosa si es segura: Esos problemas no pertenecen ni a mi esposa y mucho menos a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el “árbol de los problemas” cada noche cuando llego a casa. Luego en la mañana los recojo nuevamente, porque tengo que solucionarlos. Lo divertido es, dijo sonriendo el carpintero, que cuando salgo en la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior.

El dueño de la granja se subió a su auto, meditando sobre la estrategia del carpintero para ser más feliz y evitar contaminar el hogar con los problemas laborales. Entonces se dijo, valió la pena el paseo de hoy.

Llegó a la granja y se dispuso a seleccionar su árbol de los problemas. Y desde entones cada vez que llegaba a su hogar ya saben lo primero que hacía.

“Tenemos que saber que el mundo sólo se puede captar mediante la acción y no la contemplación. El impulso más poderoso, en el ascenso del hombre, es el placer que le produce su propia habilidad. Gocemos haciendo lo que hacemos bien, y habiéndolo hecho bien, gocémonos haciéndolo mejor y lo que no sabemos aprendámoslo y gocemos aprendiendo y luego seremos mejores porque habremos aprendido con gozo”.

293. El árbol de los deseos.

Cuentan que aconteció hace muchos, muchos años, que un peregrino, tras caminar durante infinitas jornadas bajo el implacable sol de la India, deseó en su corazón poder descansar a la sombra de un árbol que le diera cobijo.

Y así fue que, de pronto, divisó a lo lejos un frondoso árbol solitario en medio de la planicie.

Cubierto de sudor y tambaleándose sobre sus fatigados pies se encaminó alegremente hacía el árbol que hacia realidad su deseo.

Al fin podré descansar, pensó; mientras se abría paso entre sus tupidas ramas que llegaban hasta el suelo ¿Qué más podría desear?

Tendiéndose sobre la tierra en su refugio vegetal trató de conciliar el sueño, pero el suelo estaba duro y mientras más el peregrino trataba de ignorarlo y descansar, más duro le parecía el suelo sobre el que estaba.

“Si al menos tuviera una cama”, pensó.

Al momento surgió una imponente cama, con impolutas sábanas de seda, digna de un

sultán. Brocados, lujosos tejidos de Samarcanda y las más suaves pieles cubrían el lecho. Y es que, sin saberlo, el peregrino había ido a sentarse bajo el mítico árbol de los deseos.

Aquel árbol milagroso que es capaz de convertir en realidad cualquier deseo expresado bajo sus ramas.

El hombre se acostó en el mullido lecho relajándose.

“¡Qué a gusto me siento! Lástima del hambre que tengo”, pensó.

Y ante él apareció una espléndida mesa cubierta con las más sabrosas de las comidas, con ricos y variados platos exquisitamente preparados y servidos en las más extravagantes de las vajillas. Sobre las más finas telas imbricadas de hilos preciosos se mezclaban oro, plata y finísimo cristal con las más exóticas frutas y lujuriosos postres. Todas estas maravillas tomaron forma ante sus asombrados ojos. Todo aquello con lo que siempre había soñado en las solitarias noches de su largo peregrinar estaba ahora ante él. El peregrino comía y comía con el temor de que tal prodigio desapareciera en el aire tan súbitamente como había aparecido.

Pero, cuanto más comía, más comida aparecía. Y cada nuevo manjar era aún más sabroso y exquisito que el anterior. Finalmente dijo:

– Ya no puedo más -y en ese mismo momento la mesa con todas sus maravillas se desvaneció en el aire.

“Es maravilloso”, pensó, mientras un sentimiento de felicidad le embargaba. “No me moveré de aquí y seré por siempre feliz”.

Pero, de pronto, una idea terrible surcó su mente:

“Claro que esta planicie es famosa por sus feroces tigres. ¿Qué sucedería si un tigre me descubriese? Sería terrible morir, después de finalmente haber encontrado el árbol de la felicidad.”

Fue la milésima de una fracción de segundo, pero bastó. Cumpliendo su deseo, en aquel momento surgió de la nada un terrible tigre que lo devoró.

Y así el árbol de la felicidad quedó solo de nuevo, y allí sigue esperando la llegada de un ser humano, de corazón completamente puro, donde no residan miedo, ni desconfianza, sino solo responsabilidad y conocimiento.

292. El hogar. Félix Valtueña.

El hogar no son piedras, son almas;
el mueblaje no es oro, es cariño…

Si se quieren, ¡Qué ricos los pobres!
Si no se aman ¡Qué pobres los ricos!

El amor inventó los hogares
y el amor de las aves los nidos…

Si se quieren, ¡Qué fresca es el agua!;
el pan, ¡Qué exquisito!
No hacen falta en la mesa más flores

que las flores que pone el cariño.

291. Buscar a Dios donde se encuentra. Vidal Ayala.

El ermitaño, en oración oyó claramente la voz

de Dios. Le invitaba a acudir a un encuentro

especial con Él. La cita era para el atardecer del

día siguiente, en la cima de una montaña lejana.

Temprano se puso de camino; necesitaba toda

la jornada para llegar al monte y escalarlo. Ante

todo, quería llegar puntual a la importante entrevista.

Atravesando un valle, se encontró a varios campesinos

ocupados en intentar controlar y apagar

un incendio declarado en el bosque cercano,

que amenazaba las cosechas y hasta las propias

casas de los habitantes. Reclamaron su

ayuda porque todos los brazos eran pocos.

Sintió la angustia de la situación y el no poder

detenerse a ayudarles. No debía llegar tarde a

la cita y, menos aún, faltar a ella. Así que con

una oración que el Señor les socorriera, apresuró

el paso, ya que había que dar un rodeo a

causa del fuego.

Tras ardua ascensión, llegó a la cima de la montaña,

jadeante por la fatiga y la emoción. El sol

comenzaba su ocaso; llegaba puntual, por lo

que dio gracias al cielo en su corazón.

Anhelante esperó, mirando en todas las direcciones.

El Señor no aparecía por ninguna parte.

Por fin descubrió, visible sobre una roca, algo

escrito. Leyó: “Dispénsame, estoy ocupado

ayudando a los que sofocan el incendio”.

Entonces comprendió dónde debía encontrarse

con Dios.